Empiezo esta sección por recomendación paterna, traslado aquí sus palabras.
Hola, veo por las fotos que lo estas pasando en grande espero que estes haciendo una investigacion de la gastronomia en la zona. Te sugiero que pruebes los platos típicos, mira siempre de conseguir las recetas con sus ingredientes y describe su historia. No te preocupes del presupuesto envianos los gastos que lo finaciaremos nosotros. El objetivo es tener una relación lo mas amplia posible de todas las recetas mas significativas e históricas del lugar. Espero que sigas disfrutando y cuelga lo antes posible la primera receta comentando el proceso de su elaboración, ingredientes y su historia. Un fuerte abrazo.
Aunque no lo manifieste expresamente eludía a mi consabido agrado por Manuel Vázquez Montalbán y su especial manía por la gastronomía. Ni quiero emularle ni quiero rendirle ningún sobado homenaje, pero debo decir que comparto esa típica idea dónde la gastronomía va más allá de la nutrición y entra en el terreno artificioso de la cultura, brindando la oportunidad de conocer de mejor mano (y mejor estómago) las costumbres de una región o de un país.
En este viaje en bicicleta, que hoy me deja en Bildudalur, he estado ejerciendo un mentalizado ataque frontal contra toda idea gastronómica. Lo que andaba entre mis dientes sólo tenía un claro fin nutritivo. El hombre, ávido de artificio, necesita ir más allá de lo natural; tiende hacia lo artesanal. Busca la civilización en el desierto y clama al cielo cuando no encuentra algo que lo remita hacia sus congéneres. La inmensidad de la naturaleza empequeñece y asusta al pobre hombre y la saturación de lo civilizado le hastía de tal manera que puede llegar a odiar a sus coetáneos. De ahí, supongo, esa cruel mirada con la que los habitantes de las grandes urbes se desafían entre sí. Aún así, el hombre, inmerso en la inexorable fuerza de lo natural tiende a buscar rasgos civilizados. Ya sea con el pequeño contacto con cualquier dependiente de una perdida gasolinera, profiriendo alguna palabra que le recuerde su débil condición humana, o buscando aquél lugar de reunión donde se congreguen amistosamente sus desconocidos seres con los que guarda, histórica y biológicamente, una íntima relación.
En definitiva, harto de comer para nutrir mis músculos y asegurar mis pedaladas de la próxima jornada, me he sentado en un bar de Bildudalur y me he dejado dominar por el impulso cultural. No he escogido los energéticos platos de pasta, ni me he decantado por los apetitosos platos combinados de hamburguesas. He tendido hacia la exploración cultural. El "plokkfiskur". "Una tremenda guarrería" pensaba antes de comerlo, pero debía tragarlo para saber qué tierra estaba pisando.
Todo ha cambiado con el primer bocado. Una inusitada cremosidad ha invadido todo mi paladar y la combinación de la patata, el pescado, el pan moreno y la mantequilla se han fundido en mi boca, adquiriendo una melosidad que, horas después de haber dado la primera dentellada cultural, aún campa a sus anchas por los oscuros recovecos de mi boca.
Una receta típica de Islandia y, en un primer momento, totalmente necesaria, nutritiva y muy lejana a toda pretensión cultural. El "plokkfiskur" era lo único que los primeros pobladores de Islandia pudieron sacar de esta fértil pero gélida tierra y de sus peligrosos mares: la patata y el pescado. Más tarde llegaría la oveja, que mantendría a salvo a los islandeses durante siglos. Este animal se considera aquí como el cerdo en España, de ella se aprovecha absolutamente todo. Es increíble la total libertad de la que gozan en los meses de verano, campan a sus anchas por todos los rincones del paisaje islandés. Hasta que llega el "réttir" o el retiro hacia los corrales invernales. Cuando ellas no estaban, los primeros colonos hubieron de ingeniárselas para alimentarse y protegerse del frío. Así se forjó el nutritivo "plokkfiskur" las patatas podían resistir el frío en las camas de estiércol y el pescado se conseguía lanzando al mar alguna red que otra. No era más que un plato de lo único que había: tubérculos importados y pescados de los fiordos.
Más tarde, cuando algunos vikingos dejaron de lado el nomadismo saqueador, las vacas y las ovejas conocieron los volcánicos suelos de Islandia. Fué entonces cuando se añadió al mantequilla y la leche a la fácil receta. Poco a poco la cultura iba impregnando lo que antaño había sido una mera necesidad nutritiva y, por ende, natural. El artificio se iba consolidando. El paso de los años fue consolidando una receta a la que hoy en día se le añade un componente demasiado exótico para estas heladas tierras, el curry; o algo tan conocido para los catalanes como la famosa cebolla que aliña y acompaña amigablemente nuestra sana y deliciosa escalivada.
Los ingredientes que conforman el actual artificio para el gusto, o disgusto, de cuatro comensales son los siguientes:
600g de bacalao sin piel ni espinas
1 litro de leche
1 cebolla cortada a la juliana
sal
pimienta
curry (yo preferiría no ponérselo, le da un exotismo índico que no concuerda con el sentir ártico de la receta)
30g de mantequilla (la margarina no le quedaría nada bien)
30g de harina (para espesar la mezcla)
patatas (hervidas y cortadas a trocitos pequeños; los trozos pequeños y redondos combinan perfectamente)
mantequilla fría (para untar con el pan moreno y mojar en el "plokkfiskur")
pan moreno (mejor si no es agrio)
Proceso de elaboración:
Hervir el bacalao y escamarlo con un tenedor
Ablandar la cebolla en la mantequilla y agregar la harina para hacer una salsa cremosa
Añadir la leche a la salsa mientras se agita continuamente y llevar a ebullición. Cocinar a fuego lento durante varios minutos
Apartar un poco de salsa a un lado
Agregar el pescado y las patatas a la salsa y mezclar cuidadosamente juntos. Cocinar a fuego lento hasta que las patatas estén bien calientes. Añadir el curry si se desea
Si la mezcla está muy seca agregar un poco de aquélla salsa apartada anteriormente
Sazonar y agregar la mantequilla fría untada el el pan moreno
Se puede gratinar un poco la superficie si se desea
Acompañar con una cerveza
He aquí una receta bien sencilla y eminentemente histórica. Tenerla entre mis labios me ha evocado aquéllos primeros colonos que hubieron de sobrevivir aquí con tan poco. Una lástima el curry, a parte de los inmigrantes pakistaníes que vienen a buscarse la vida por la zona de Reykjavík, esta zona no tiene nada de índico. Con la tonadilla de la multiculturalidad y la globalización todas las fronteras se están desvaneciendo. Algo pasionalmente deseable para algún filántropo pero algo terrible para la identidad cultural. Se podría pensar esto y se podría pensar que, sin la mezcla cultural, no habría identidad española a la que algunos querrían asirse ni hubiese existido un estallido cultural entre los áticos. Una vez más reclamo algo de naturalidad en el artificio. ¿Mezcla cultural? Sí, pero alejada del inventario patético del maldito gafapastismo y del ideario aparentemente internacionalista de muchos cantores que elevan sus voces hacia lo mestizo, hacia lo que se da naturalmente, forzándolo de tal manera que dan arcadas sus proclamas lanzadas entre tambores, flautines y guitarras del Congo.
Aún no me lo creo demasiado, quizás mejor así. Creo estar viviendo un juego. Sólo me he encontrado conmigo mismo en dos momentos, y han sido los momentos más duros. Puede decirse que ya estoy en Reykjavík, que ya estoy en esa ciudad que, tras unos cuatro años, desee visitar. Ahora vivo en ella.
El primer día no fue mágico, que digamos. No esperaba la llegada perfecta y, quizás por eso mismo, no la tuve. Me dormí en el avión y no pude ver los hermosos campos de lava que rodeaban Kleflavík. Cuando salí del avión y vi aquellos carteles con sus extraños nombres pensé en lo que me dijo mi tía: "Ahora estás tú solo, tú y tus manos". Uno de los mejores consejos que me han dado jamás, y no me vino dado por ningún gurú ni filósofo de alta curnia, sino por una mujer que friega suelos y gana su sueldo "haciendo casas", como ella dice. De eso ya hace un par de días, en la dura despedida. Todos en corrillo, esperando pacientemente mi ronda de abrazos, algunos lloraban y otros hacían bromas para intentar no llorar. Intentaba apretar fuerte mis dientes, tratando de retener las lágrimas entre ellos. Jamás me ha gustado llorar en público. Mis ojos no lo querían creer y mi cabeza les asestaba martillazos sangrientos para convencerlos. Un año entero. Un año sin ver aquellas caras, sin abrazar aquellos cuerpos, sin sentir su calor, sin estar en acuerdo o en desacuerdo, en concordia o en discordia, sin reír con ellos, sin estar con ellos y en ellos, sin vivir, en definitiva, a su lado. Por un momento pensé en que yo no tenía derecho en sentirme así, que había gente que se veía forzada a despedirse para siempre, no por causas ociosas ni asquerosamente bohemias. Envié rápidamente ese sentimiento al carajo. A veces el respeto acalla la vida, yo debía sentir aquél momento como me venía al corazón y punto. Cualquier pretendido respeto que mitigara mi dolor al compararlo con otro, no era sino una forma cruel de hipocresía. Cada vida es un mundo, con sus sufrimientos y agonías, no podía estar dispuesto a vivirlas todas, no tenía tanto tiempo. La empatía, mal entendida, puede ser traicionera.
Cada paso que daba hacia el detector de metales era un paso más hacia el desapego, arrancaba mis aposentadas raíces en el nutrido suelo paternal, era realmente complicado. A cada paso sabía, una vez más, que se acercaba mi hora y mi turno. No sólo me despedía de unos trozos de carne a los que amaba, que levantaban sus brazos y los blandían en el aire, intentando atraparme con ellos. Me despedía de una época, de un estilo de vida. Allí se quedaba. Por un momento sentí la brisa correr entre mi nuca. Ahora estaba realmente solo, atrás quedaba mi tierna fundición entre aquellos abrazos que arrancaron lágrimas y carnavalescas sonrisas. Me sentía como aquél hoplita que abandonaba la formación y dejaba atrás a su compañero de pernera desprotegido, y no sólo a él, sino a toda la estirpe. Mi pesado escudo ya no me servía, ahora podía sentir el viento correr entre mi cara y mi cuerpo. Allí atrás iba quedando aquél grupo que alzaba al aire sus lanzas intentando exhortarme para volver al hogar, intentando evitar la deserción. Allí estaba mi madre, con mi partida, ¿quién la protegería ahora? Y a mi novia, ¿quién pondría ahora un escudo sobre mí ante los envites de la desazón? Nuestras carnes, en nuestra perfecta formación militar, se habían enternecido, ocultas tras los escudos a los rayos del sol. Era momento de curtir nuestras pieles, de separarnos y volver más fuertes. Quizás fuera todo una gran excusa, pero daba razón de ser a lo aparentemente irracional.
El vaso de té que acompaña estas líneas no se imaginaba jamás que mis labios se posarían sobre él. La vida, una suerte de suertes. Los primeros pasos en Reykjavík han confirmado la dureza de mi proyecto y, sin embargo, el azar o el carácter extrañamente amable de estas gentes han mitigado soberanamente la dificultad de la empresa. Y digo extrañamente amable por el consabido tópico de la frialdad nórdica, un título que se desvanece con el trato eminentemente humano que te ofrecen los islandeses. Llegué a mi casa como un peregrino al estilo moderno, cubierto de sudor, con una mochila de 35 kg a la espalda, y con una bicicleta con dos alforjas repletas de herramientas. Había dormido poco y mal. Cuando me bajé del autobús que venía del aeropuerto no había nadie esperándome, "típico de la frialdad nórdica" pensé. No podía entrar en mi casa, pues no sabía dónde andaba la dichosa ama de llaves a las 3h de la mañana. Pasé al interior de la estación con todos mis enseres: la bicicleta empacada en cartón y la interminable mochila. Allí se encontraban unas cuatro o cinco personas que dormían y roncaban a pierna suelta. Me aposenté entre ellos y me dispuse a mi tarea: dormir. Algo complicado con el sol de medianoche.
Me despertó un estruendo. Nadie más se levantó, deberían estar realmente cansados o felizmente drogados. Un grito en un extraño idioma me hizo girar bruscamente la cabeza. Había un loco en el improvisado dormitorio. Él pobre borrachuzo empezó a tararear una canción mientras daba unos interesantes brincos que desafiaban la biomecánica de sus rodillas. Otro tópico de los nórdicos se había cumplido: son unos borrachos. Pensé que ya iba siendo hora de salir de aquél atolladero y hacia eso de las 4 me fui a fuera a montar la bici con un sol de tres pares de pelotas. Una vez montada puse rumbo hacia lo que debía ser mi casa. En mi mente se estaba fraguando otro tópico, había quedado con la ama de llaves en la estación y no se había presentado ni había respondido a mis llamadas. Todo me sonaba a timo y ya iba pensando en algún hostal barato. En efecto, con el cansancio lo dije: estos nórdicos son unos ladrones.
Tras un par de horas callejeando por Reykjavík, con la mochila a cuestas y la bici entre las piernas, encontré mi casa. Eran las 10 de la mañana. Me tumbé fuera y me puse a dormir. No lo logré. Mi cabeza lanzaba imaginaciones al vuelo, miré los buzones y el nombre de aquella a quién había pagado la estancia no asomaba por ningún lado. El timo se hacía más grande en mi cabeza. Posé mi dedo sobre el anticuado botón y sonó un timbre. Esperé. Resoplé. Pensé en buscar un hostal entre las páginas de mi guía. Miré el primer escalón y puse mi pié sobre él. ¡Qué comienzo más duro joder! Cuando mi mente ya andaba durmiendo en un hostal y mis pies andaban sorteándose los escalones, escuché un crujir de bisagras. Giré la cabeza rápidamente y de aquella puerta salió una mujer cuarentona. Le pregunté si vivía allí una tal Rut. Me dijo que no me esperaba tan pronto. Yo no entendí nada. Le dije: "ai am de erasmus estudent", con mi inglés de señor bachiller. Me hizo un gesto con la mano con el que me invitaba a entrar a aquella casa. Se empezó a disculpar y me enseño lo que debía ser mi habitación. Me enseñó toda la casa y se disculpó mil veces por no tener recogida la habitación. Yo le dije otras tantas que a mi me la traía floja, que yo lo que quería era dormir. Sonó el timbre. Era la ama de llaves. Se pusieron a hablar entre ellas en perfecto islandés y, ora una después otra, se iban ruborizando. Mis ojeras no daban crédito. La casera me soltó otra ristra de disculpas. Habían entendido que llegaba un día más tarde. Ahora comprendía toda aquella amabilidad. Les volví a repetir que a mi me daba igual, que me gustaba intentar dormir en estaciones pero que ahora prefería mi cama. Insistieron en que fuera a comprarme algo de comer. Eran dos mujeres cuarentonas. Dos madres. Era imposible negar el envite. Me acompañaron al supermercado más barato en coche y quisieron esperarme a que comprara todo para traerme de vuelta a casa, les dije que no hacía falta, que tenía ganas de ir a ver una película. Que me iba al cine. Se quedaron bastante sorprendidas. "Is de mitnaigt sun" les espeté. Al final me dejaron en paz. Cuando me compré la comida de reglamento, pagué y la abuelita de la caja me sonrío. O iba falta de experiencias pre-menopáusicas y le gustaban los latinos con cara de zombie o los tópicos se iban destrozando.
Al día siguiente me dispuse a ir a dar una vuelta en bicicleta, quería conocer los caminos para salir de Reykjavík y dirigirme al Norte cuatro días después. La salida me demostró dos cosas: que debería entrenar más y que los nórdicos sonríen cuando los saludas encima de tu bicicleta. Llegué hasta el puente que separa el monte Esja de la Bahía de Reykjavík. De vuelta a casa vi un letrero que apuntaba hacia Alþingui, el lugar donde puede ser observada la deriva continental y donde se reunió el primer parlamento eruopeo. Subí la colina que llevaba hacia aquél destino y observé la inmensidad que me separaba de mi objetivo. Una llanura salpicada de verde y ocre, luchando por sobreponerse a la negrura volcánica. Hacia la derecha la cordillera del Esja y hacia la izquierda unos montículos de arena grisácea colmados por un fresco musgo. Las montañas me indicaban el destino, el letrero me hechaba hacia atrás. 30 km más. Ya llevaba 40. Tenía hambre y me quedaba poca agua. Abandoné la empresa y volví a mi hogar.
Un año parece demasiado tiempo y, con el mapa de Islandia delante, se me hace que se me va a quedar corto. Cada día que paso entre procesos burocráticos es un día menos que tengo para estar entre los montes. Y un día que aprovecho para destrozar tópicos. Hoy, sin la amabilidad de los islandeses, no hubiera salido adelante. Ni aquél conductor que me ha perdonado 100 aurar por que no tenía más, ni todas las personas que han soportado mi inglés (diccionario en mano) en la universidad, ni la señora del Registro Nacional que ha modificado cuatro cosas para que me den el número de identificación antes de lo normal y pueda hacerme una cuenta en un banco. Sin olvidarme de la señora de gestión académica, que me ha estado vigilando las cosas mientras otra me iba a explicar cómo funcionan los iMacs en la sala de ordenadores. Sí, ¡la Universidad de Islandia es un bellezón! Ni los tintes soviéticos de la UAB ni el carácter catedrático de la central. No se que tiene pero es increíble.
Un cierre que esto se me escapa. Lo típico y lo tópico. Lo que suele ser destruido, martillo en ristre, por aquél que viaja atento a lo que acontece.
A punto de cambiar de país, de vida, de aire, de costumbres y de modos de hacer. Muchos lo han hecho antes. Soy consciente de ello, la originalidad no se halla en el sino de la acción humana, en el centro de ésta gravita la repetición. La vuelta a las andadas de los mismos caminos que ya se habían recorrido pero que, quizá olvidados, vuelven a tomarse. Da igual. De todas maneras jamás he sentido algo semejante en mis carnes. Con eso basta. Mi cabeza me dice que otros lo han hecho, mi estómago me dice que soy el único.
La última noche, una noche cualquiera. Mi madre anda liada con su interminable lucha por persistir, mi padre tiene montado un concierto con sus ronquidos y mi hermana se desespera por escuchar los diálogos de aquella película, interrumpidos por los resoplidos de mi padre. Todo normal y todo tan extraño. Aún no he acabado nada y parece ser que estoy cerrando una puerta. Ha llegado tarde, pero ha llegado. Me voy de casa. Y me voy con una mano delante y con otra detrás: no entiendo el idioma y no tengo dinero para sobrevivir un año entero. Igual que mi abuelo. Igual que millones de personas a lo largo de toda la historia. Encontrar originalidad en la repetición, parece extraño, ¿verdad? Voy a tener que adaptarme a otras formas de hacer, a otra manera de hablar, voy a tener que buscar (obligatoriamente) un trabajo compartido con los estudios. Aún así, no tengo a nadie a quien alimentar, de mi sueldo no depende ninguna boca y puedo estar respaldado en algún momento de debilidad económica que, por respeto a los postulados de mi proyecto, no debería aceptar. Él, en cambio, estuvo solo. Verdaderamente solo. Cambió la dehesa por el campo teutón, de sus manos dependían los estómagos de sus pequeños y hubo de aprender un idioma realmente extraño para aquél extremeño de campo que jamás conocí. ¿Por qué tuve miedo?
No quiero ser presuntuoso pero parece ser que el miedo ya se ha disipado y ha dejado paso a una nostálgica serenidad. Nunca mejor dicho. Ya siento el dolor por aquel cálido hogar, cuyo retorno a él se pierde en el tiempo; pues parece ser que, desde el momento presente, aquella vuelta jamás llegará. Y llegará, pues espero no morirme en el intento.
Había soñado miles de veces con este momento. Estoy dejando 23 años guardados en una pequeña habitación. En las cuencas de mis ojos no se agolpan lagos de lágrimas, al contrario, parece ser que la vivacidad de lo que va a acontecer sea más potente que lo ya acontecido.
Si hablamos de carne, intestinos, pelos, ojos y huesos, si hablamos de personas, todo cambia. Una madre, un padre, una hermana, unos primos, una tía, una novia y unos amigos. Todo parece quedar, lamentablemente, atrás. Los lazos de unión, ante la ruptura cercana, suelen apretarse entre sí con más fuerza. Lo que nos recuerda por qué aquél ser andante es nuestro amigo o por qué aquella loca dice ser nuestra novia. Todo puede echarse a perder. Y, el recuerdo en la distancia, puede fermentar sentimientos que creíamos olvidados. Nunca se sabe.
No es el momento de partir. Sin duda. Y, sin embargo, me largo. La fuerza que he cobrado construyendo todo este proyecto es suficiente para poder seguir siendo en esta putrefacta ciudad, al lado de las personas que me han demostrado que todos los tópicos suelen cumplirse y me han aportado un sano relativismo con el que acometer las nuevas propuestas de compañerismo. Ellos son insustituibles. A pesar de recorrer el mismo camino que otros antes ya han recorrido, han sabido ser originales y me han acogido en su sino. Eso me basta.
No sé si esta sensación de desazón, de inutilidad, inunda todos los corazones antes del viaje. ¿Para qué? ¿Es buen momento? ¿No es mejor esperar? Suelen ser preguntas que te mantienen con vida, con una vida al lado de la estufa, el sofá y las costumbres de toda la vida. Ellas me han mantenido apegado a una ciudad que no me gusta, a un modo de vida que he llegado a odiar y que, poco sorprendente, han sido tolerados y construidos por mí. No hace falta irse lejos para saber que todo puede cambiar, pero a un cobarde como a mí hay que darle bofetones fuertes para que despierte de su protectorado paterno y salga al mundo. Quizá nada salga bien, pero algún día pensaré, muy ibéricamente, que tuve cojones para intentarlo.
Nino Bravo, "Un beso y una flor" -->http://www.youtube.com/watch?v=r-OvqPW3j6c la típica canción, la misma que mi madre me cantaba mientras subíamos por los picachos que ella me enseñó a amar, la misma música de fondo que sonaba en mi mente cuando imaginaba a mi madre perecer. Lo de siempre y, a su vez, lo propio.
La oscuridad no le sorprendió y la sequedad de sus ojos se lo confirmaba: había dormido poco. Trató de mantener la cabeza asida a su almohada pero sólo lograba ladearla de un lado a otro. Sabía que era demasiado pronto para despertarse aunque era consciente de que no podría volver a coger el sueño, precisamente por eso, porque era consciente de ello. Levantó su brazo derecho y tanteó la pared para tratar de encender la luz. Ella le cegó por unos momentos y él se volvió a revolver entre las sábanas, queriendo encontrar entre los pliegues de aquél tejido alguna esperanza por dejar de lidiar contra el desvelo y entrar en el hogar del duermevela. Faltaba demasiado poco para dejar de dormir en aquella habitación, demasiado poco. Se incorporó y fijó su mirada al suelo: los ojos le ardían y la cabeza le pesaba más de la cuenta, parecía como si su cerebro pidiera a gritos un jarrón de agua, podía sentir los recovecos de su masa cerebral morirse de sed, golpeando el hueso para tratar de escapar de aquella cárcel y sumergirse en cualquier barreño de agua. Consiguió despegar su sedienta mirada del suelo y dirigirla hacia la inmediatez de aquella habitación que lo había acogido durante el último año. En ella había leído, había hecho el amor, se había pasado horas sentado estudiando, había llorado tumbado en la cama mientras escuchaba aquellas canciones que le atravesaban el alma, había bebido, se había cuidado, se había dejado, había preparado viajes, se había vuelto loco con un libro entre las manos y había echado de menos aquello que aún no había logrado. ¿Qué coño iba a hacer con su vida? ¿Estaba haciendo realmente lo que había soñado o se estaba engañando? Otra vez aquellas malditas preguntas. La tarde anterior también se vio asaltado por ellas y marchó a pasear a los campos de las afueras de su ciudad. Caminó entre el cemento con aquella canción colgada de sus orejas y, para cuando llegó a la tierra, se deshizo de ella, la descolgó de sus lóbulos y se la guardó en los bolsillos. Entonces olió la tierra y la siembra seca, muy seca. Caminó en dirección a Occidente, donde el sol muere. Aquellos campos que habían acogido sus más profundos paseos y sus agónicos pasos apresurados que le obligaban a respirar con energía. No era aquél un día para correr, prefería sentir aquella tierra. No quería pensarlo pero, de una forma u otra, se estaba despidiendo de ella. Y, lo que le hacía humedecer sus ojos, él no sabía por qué marchaba. Había sido educado en una cultura del objetivo, detrás de toda acción debía haber un motivo digno que sustentase todo el proyecto. Dignidad. ¿Qué significaba realmente eso? Sentía que debía partir hacia el norte pero no sabía por qué. No tenía nada. No era nadie. Había dejado muchas cosas por estudiar algo que, a ratos le llenaba de vida y a ratos se la quitaba. Todo su esfuerzo, todas sus horas delante de los libros, quedaban en saco roto. Como aquellas horas que se había pasado entre pesas, bicicletas, gafas de natación y zapatillas de correr. Quedaba el esfuerzo, la ética y el hábito que enfortecían la vida y la voluntad. Al final todo era cuestión de persistir en la costumbre. Sabía que el Sol estaba consumando su sempiterna cópula con el horizonte. Se sentó entre la hierba y miró a la ciudad. No quería persistir por persistir, no quería hacer algo por notar simplemente que se esforzaba en algo. Sentía que a su vida le faltaba aquella pasión que tenían los hombres a los que leía y admiraba. No podría llegar muy lejos sin pasión. Sin el πάθος (pathos) uno no se pasa noches enteras escribiendo un libro, ni recorre ávidamente el mundo a pie, ni escala ninguna montaña. El esfuerzo sin pasión acaba convirtiéndose en tedio, que eran los pasos certeros hacia los que estaba dirigiendo su vida. ¿Por qué levantarse de la cama? La pasión lo podía quitar de las sábanas en cualquier momento de la madrugada, el esfuerzo por el esfuerzo le convertía en un vago patán que se levantaba lánguidamente, arrastrando sus pantuflas por todo el pasillo. Quería recuperar la pasión pero, ¿dónde?
Bajó y se encontró a sus padres preparándose para ir a trabajar, los saludó y ellos le preguntaron qué hacía despierto a esas horas: "tengo faena", con aquello intentó evitar más preguntas y esconder aquella agonía que le había llevado al llanto entre la seca siega. Se puso a mirar los informativos. Hablaban de muerte y de corrupción. Él no escuchaba, sólo miraba unas imágenes que aparecían por un cristal, su mirada estaba perdida entre su futuro. Antes de partir hacia aquella cárcel que, paradójicamente, la liberaba, su madre le dijo un: "¿qué te pasa?". "Nada mamá, estoy cansado". Supo que, por segunda vez en aquél día, no había conseguido engañarla.
La sequedad del campo le había secado las cuencas de los ojos y se encontraba delante de un ordenador, intentando poner orden a todo aquéllo que, pobre de él, aún no sabía ni lo que era. Allí se encontraba, escribiendo en pasado lo que tenía inmediatez de presente y urgencia de futuro. Tratando de esconder las grietas del alma. Intentando poner en boca de otro lo que era sólo propio de él, buscando en un sujeto real y, a su vez, ficticio un apoyo empático con el que compartir lo que aún no había encontrado. ¿Dónde buscar cuando no se sabe lo que se quiere encontrar? Un pretérito literario que no conseguía engañarlo, un intento catártico destinado al fracaso.
El simposio platónico tuvo ambición de ser universal y con los años aquellas palabras amenizadas por las cráteras se extendieron por todo el mundo que, de una manera u otra, iba guardando relación con la Grecia Clásica.
El banquete fue tan universal que pudo salir del ambiente mediterráneo en el que había sido llevado a cabo y viajó, muchos siglos después, hasta los confines del Océano conocido, la Última Thule de los germanos.
¿Cómo pudo un banquete ateniense, tan circunscrito a su ámbito, devenir en algo universal? Puede decirse que, en este caso, Platón se realizó enteramente como ático. En otros diálogos, quita el velo a lo aparente pero la ἀλήθεια que surge sigue estando embebida, cómo humano que es, en su contexto. En el banquete todo adquiere un tinte diferente, los matices siguen siendo áticos pero la esencia es puramente humana. Platón une a través del texto las dos ambiciones propias de lo humano: el anhelo de trascender y la vida en lo inmediato. El ἔρως platónico y el ἔρως sáfico. Lo realizable en la trascendencia y lo realizado en lo inmediato.
Lo sáfico es lo que desea ser realizado ahora, en este mundo, lo que se desvive por ser poseído y por poseer. Lo platónico es la tendencia a realizarse en la unión con lo nunca alcanzado, con el recuerdo de lo que fue y jamás será. En eso estriba el amor más excelso que, a su vez, es el más real: la constante búsqueda de la unión, de aquello que, por faltarnos, nos hastía. La satisfacción, la verdadera satisfacción se halla en la batalla perdida por lograr reunirse con lo perdido. Ahora bien, lo sáfico no es descartado. El camino hacia la búsqueda surge de lo encontrado, de lo que se tiene o se desea tener inmediatamente. Lo poseído nos recuerda aquello que nos poseía, y nos guía en nuestro camino hacia lo que habíamos perdido. Lo carnal nos ayuda a recordar qué era aquello que habíamos perdido pues, en su extravío, hemos olvidado su verdadera esencia. Lo carnal ayuda a encontrar lo ideal y lo ideal es la punta de lanza de lo carnal.
La ironía tiene aquí cierta importancia, parecería ser entonces que todo contacto vital se hace, lo sepa uno o no, en razón de aquél amor primigenio que se ha perdido y que se va recordando a través de las relaciones carnales. Toda relación responde a un patrón en el que hallamos semejanzas con lo perdido.
La Última Thule, Islandia. ¿Cómo podría llegar todo eso hasta allí? Sólo nos queda comprobarlo. Hay dos canciones, dos bellísimas composiciones de un grupo islandés que responden a cada concepto de amor expuesto más arriba y que se unen en una potente novela de Thor Vilhjálmsson, como su nombre indica, también islandés.
La primera canción, “Viðrar vel til loftárása” del grupo “Sigur Rós”, la letra originalmente está en islandés pero la he buscado traducida para captar el mensaje de la canción, complementado perfectamente por el videoclip que el mismo grupo ha producido.
“Viðrar vel til loftárása” // Good weather for airstrikes
I Slide Forward Through My Head I Think Half Way Backwards See Myself Sing The Anthem We Wrote Together We Had A Dream We Had Everything We Rode To The End Of The World We Rode Searching Climbed Skyscrapers Which Later Exploded The Peace Was Gone Balance Leaks Out I Fall Down Slide Forward Through My Head I Always Return To The Same Place Total Silence No Answer (But) The Best Thing God Has Created Is A New Day
Un buen clima para los ataques aéreos, el rayo de Zeus que cae sobre el andrógino y lo escinde en dos, sobre el andrógino que quería descubrir lo divino y es castigado a descubrir al otro, a descubrirse a sí mismo. Lo escindido que se busca en lo dado, aquí y ahora. Y en esa búsqueda en lo térreo quieren escribir un himno juntos y lo escriben con sus manos, encontrándose, recordando lo que habían sido. Uno se descubre en el otro, quita el polvo a lo aparente y bebe de lo que se revela a través de lo otro que, a fin de cuentas, no es sino él mismo. La realización en lo inmediato de este anhelo por desvelarse. Este descubrirse en el otro, encontrar en la relación con la alteridad el camino hacia lo perdido, ha querido ser controlado por todos los sistemas de poder; ya que es una peligrosa arma para los cimientos de lo estable, en el descubrirse en lo otro se desvela una moral, un hacer, que diverge normalmente de la tradición establecida. Es el caso, en el videoclip de la canción, del padre que se lanza a separar a los dos críos que se funden en su propio desvelo.
Es el turno de la siguiente canción, del mismo grupo, titulada “Glósóli”. El videoclip también es muy sugerente para acabar de entender lo que quiero decir:
“Glósóli” // Immortal
Now you awake Everything seems different I look around But there's nothing at all
Out of shoes, I then find that She is still in her pyjamas Then found in a dream I hang of (an) anticlimax
She is with the sun And she is, here inside
But where are you...
Go on a journey And roam the streets Can't see the way out And so use the stars She sits for eternity And then climbs out
Glowing sole, like she So come out
I wake dream-ocean My heart beat Mixed up hair…
Madness with far-crazy Witch is compulsory
And here you are...
I felt...
And here you are, Glowing sole...
And here you are, Glowing sole...
And here you are, Glowing sole...
And here you are...
No encontrando paliación para nuestro corazón en lo terrenal, éste se lanza hacia lo que hay más allá del acantilado intentando alcanzar la verdadera unión con lo escindido, allá en el horizonte. Allí se encuentra el la luz solar, el verdadero amor que una vez perdimos y que no cesábamos de buscar entre las rocas y recovecos de la Tierra, cuando lo único que necesitábamos era correr hacia el abismo. El amor que nos hace inmortales que plasma nuestra existencia en la mutua unión en lo trascendente. Anhelo de inmortalidad, anhelo de trascendencia. No significa esto despreciar todo lo que uno va encontrando en su camino hacia el despeñadero, lo que trato de decir es que Platón nos incita a encontrar señas que nos indiquen el camino hacia la costa en nuestro caminar entre lo aparente, lo caduco y lo carnal.
La unión de lo sáfico y lo platónico en Islandia se da de la mano de la novela “Arde el musgo gris” de Thor Vilhjálmsson. Se narra allí la diatriba de un juez que debe juzgar a una pareja de hermanos acusados de incesto, de una pareja de humanos que se descubren entre sí mismos y que en su investigación conciben el fruto indeseado de sus encuentros nocturnos. El amor que profesan es sáfico, se realizan el uno entre el otro a través de sus encuentros pasionales, se introducen dentro de sí mismos aquí y ahora. Y, a su vez, su amor no es de este mundo, el ámbito del κοινόν así lo ha decidido. Su amor no es enteramente realizable entre las yermas estepas islandesas, ante la insidiosa mirada de sus coetáneos. El ἔρως que los mantiene vivos y cálidos entre la frialdad del norte, a su vez les impulsa a querer ser inmortales, a precipitarse al angosto mar y encontrarse en lo trascendente, en aquella verdadera realidad dónde la expresión jamás se verá sometida a la opinión. Lo sáfico y lo platónico. Trágico es el destino que les depara. Uno de ellos se enfrentará heroicamente al juicio, logrando asumir lo dado y esperando aquél premio de inmortalidad, aquél lugar donde retozar sin la acuciante mirada de sus vecinos. Otro, caerá irremediablemente ante la opinión del κοινόν y someterá su amor platónico al amor convencional de su comunidad.
El magistrado hacía todo lo posible por limitarse a lo que correspondía a su función. Nunca había visto a aquella mujer. Pero era como si la hubiera visto alguna vez, en algún lugar. ¿Dónde? Probablemente en ningún sitio. Pero había algo que le resultaba conocido en aquella altivez de mortal palidez. Algo que conocía, que sabía, que creía comprender de alguna forma; nunca antes la había visto.
¿Había sido en un sueño, había sido en la poesía? Era algo que él había intentado componer y que tal vez jamás había logrado concluir, hasta el instante en el que la ve en pie ante él y sabe que su poder no puede alcanzarla.
Jasón, piensa: Medea que se halla ante Jasón y toma venganza. Le devuelve el golpe. Venganza para la que jamás podrá haber compensación alguna, ha matado a sus propios hijos. ¿Por qué piensa en Medea en aquel relámpago cuando se encontraron sus ojos con los de ella, y se da cuenta de que su poder no podrá jamás alcanzar a aquella mujer?[1]
El amor de aquella mujer que está siendo juzgada, su confianza en el goce inmortal, en la unión trascendente con lo perdido en lo terrenal, le otorga un poder más allá de los límites humanos. Ya no importa morir, ya no importa ser juzgada. Sólo importa ella y su destino. Ella y la unión amorosa consigo misma, con él, en la inmortalidad; no importa a quién se tenga que llevar por delante. Ella se sabe en otra realidad, en la verdadera realidad. Su existencia ya no es de este mundo. A través de la carnalidad, del amor sáfico, ha descubierto la guía interna que seguían todos sus pasos, la realización del verdadero amor en lo trascendente. Más allá de la vida y de la muerte.
Desde que me despierto hasta que me voy a la cama ando pensando en trabajos y exámenes. De esto ya hace un mes y medio. Aún me quedan 3 semanas. He logrado mantener la cordura gracias a pequeñas salidas los fines de semana: a escalar, a correr... pero este sábado va a ser perjudicial. Voy a multiplicar las posibilidades de entrar en un loco trance a raíz de las canciones de Jónsi. Si, me voy al Sónar. Pagué 60 eurazos para una entrada donde solo conocía a Jónsi... ¡y bien contento que estoy!
Ahora, mientras leo a Hume y acabo los trabajos de literatura griega, voy escuchando aquél precioso estilo musical al que Thor Vilhjálmsson ya hace alusión recordando la Islandia que quería salir del medievo con la instauración de un derecho que, inevitablemente, lleva a cuestas la instauración de un concepto de nación, de comunidad. El rímur. Una especie de poesía cantada. No puedo decir mucho más, me pica la curiosidad y voy a buscar más cosas sobre este estilo. De verdad, es de aquella música que se siente con la piel.
Mientras estudio, un rímur de Steindor Andersen acompañado de Sigur Rós:
Cuando mi pensamiento se dispara hacia este sábado... Jónsi!!
El curso de islandés se realiza en Núpur, una ciudad a unos 430km de Reykjavík, sin apartarse del camino, evidentemente. Decidí recorrer esta distancia en bicicleta por dos motivos: más barato que el avión y el autobús, y era una buena oportunidad para conocer el Oeste de Islandia. La travesía me llevará unos diez días, ¡o eso creo!
El mapa es simplemente un proyecto de ruta, seguramente me desviaré hacia el volcán Snæfellsjökull, aquél famoso volcán por el que Otto, Axel y Hans descienden hacia el centro de la tierra en la también conocida obra de Julio Verne.
A la vuelta, el curso se realiza entre el 2 y el 21 de Agosto, tengo planteado pasar por los Highlands, la parte central de Islandia que es prácticamente inaccesible en invierno.
De momento, debo llevar la bicicleta al mecánico, comprar las alforjas e ir ideando una estrategia para montar una tienda de campaña solo y con vientos bastante fuertes. Tampoco debo olvidar la orientación, el manejo de la brújula será esencial si quiero desviarme de la ruta marcada y deseo llegar a tiempo al curso.