viernes, 24 de junio de 2011

Escapadas desde Hellishólar (II) - Vestmannaeyjar (I)

Llegaban los dos días libres tan deseados después de días de trabajo duro cortando la hierba de toda la zona de las tan artificiales cabañas de Hellishólar, después de reparar durante un día entero el techo de una de ellas, aprendiendo cómo hacerlo con un carpintero de la zona y conociendo al fin el por qué de esos techos y paredes islandesas.

Los techos islandeses suelen ser cubiertos por unas planchas de chapa onduladas para guiar el agua hacia el confín de la cubierta, clavados con unos clavos de acero al techo de madera. Suele ser una cubierta eficaz, barata y rápida de montar. El carpintero con el que trabajé no abrió la boca hasta que vio cómo clavaba las hileras de clavos más rápido que él, eludiendo y no escuchando el dolor en mis brazos ni en mis manos, tratando de ganarme su confianza hasta que lo conseguí al oír salir de su boca un "chico, vamos a tomar un café". Nos bajamos del techo y empezó a hablar sin parar acerca de la carpintería en Islandia. Ante mi pregunta sobre por qué las casas de este país también tienen el mismo material de chapa en los techos y en las paredes del exterior me espetó un: "en Europa llueve de arriba hacia abajo, en Islandia llueve de lado también". Una verdad como un templo que había comprobado en el año que llevaba viviendo aquí, aprendiendo a distinguir en los días de lluvia a los turistas de los residentes: quién enarbolaba un paraguas era definitivamente un turista, inconsciente del sempiterno y repentino viento que aparece cuando uno menos se lo espera.

Un tipo peculiar aquél carpintero que me brindó la oportunidad de conocer en mis propias manos, desde el Norte, el oficio de mi abuelo. Un oficio relacionado con algo inseparable del ser humano y seguramente esencial en él: el hogar. Sin duda un trabajo tras el que uno no necesita exprimir el cuerpo corriendo por los alrededores o liándose a puñetazos con el saco de arena del gimnasio antes de ir a dormir. La reciente lectura de las Meditaciones del emperador Antonino me habían ayudado a aguantar con una sonrisa y con un abrazo aquellos duros trabajos.

Antes de despedir la soleada noche decidimos a dedo sobre el mapa la excursión de los dos días siguientes: una ruta desde el bosque de Thor - Thórsmörk -, el valle rodeado por dos de los glaciares más bonitos de Islandia el Myrdasjökull y el Eyjafjallajökull. Un valle al que sólo se puede llegar con un buen 4x4 debido a los grandes ríos que provienen de los glaciares y se extienden por todo el Markafljót. Había un autobús partiendo de la ciudad más cercana a nuestra granja, Hvolsvöllur y decidimos levantarnos pronto para llegar a coger el autobús a las 10:30h. El primer día consistía en una caminata por empinadas colinas, con la ayuda de cuerdas, hasta el lugar por el que el Eyjafjalla empezó a rugir: Fimmvordurháls. Allí pasaríamos una noche en un refugio de montaña y exploraríamos la zona en busca de los ríos de lava que aún corrían por debajo de la superficie: más de un compañero aquí en Islandia me había enseñado instantáneas de esos ríos y de cómo la suela de los zapatos se les había llegado a derretir. Hacer esa excursión entre una geóloga y un curioso amante de la vida hacía un tándem perfecto de entusiastas en busca de lo inaudito.

En nuestro nuevo mapa los cartógrafos habían perfilado incluso la forma de las nuevas montañas producidas por la última erupción. El segundo día lo habíamos cincelado cómo el descenso por el maravilloso e inhóspito cañón del río Skogá hasta su suicidio final en la catarata de Skógafoss, acompañando al río en su senectud nos despediríamos de su fenecimiento alzando el pulgar para tratar de volver a la granja a través de la curiosa actividad del autoestop.

Había sido un día duro de trabajo pero nos íbamos a dormir con una sonrisa, a la mañana siguiente seríamos cómo dos críos ante un nuevo mundo. Cuando pasó la noche, la madrugada y la mañana se nos abrazó tan fuerte que nos dejó pegados a la cama. Después de preparar todo lo más rápido posible, dejamos la granja demasiado tarde cómo para tratar de coger el autobús. Aún a sabiendas de ello, empezamos a caminar con todos los enseres y con el pulgar levantado para tratar de llegar a Hvolsvöllur, pasaron unos cuántos coches de turistas, que no suelen recoger a caminantes debido al miedo que recogen en sus peligrosos países, hasta que llegó el coche de un islandés, acostumbrados a otro modo de hacer y otra moralidad en carretera. Era un ingeniero que vendía una máquina de muñir automática y nos explicó todo el proceso que seguía y de dónde venía la leche que bebían todos los islandeses, admirable pues las vacas en este país brillan por su ausencia. Aún con todo, me prometió que había muchas cabezas de ganado en el Sur. Tras agradecerle el viaje y su ilustración de las costumbres lecheras boreales nos dejó en la gasolinera.

Cuando un europeo aterriza en Islandia trata de buscar las paradas de autobús por todos los lugares posibles, cuando de hecho sólo hay una y muy pequeña en Reykjavík. Uno se siente un poco perdido sin la marquesina y la ausencia de carteles y horarios, pero tras un año viviendo aquí sé que voy a añorar la desolación de información en la saturación europea. Los islandeses usan las gasolineras a modo de estación de autobús. Normalmente no hay carteles de información de horarios, uno debe acercarse a la caja y preguntar por el autobús. Así que me acerqué a la caja: el autobús ya había partido.

Nos planteamos cómo llegar. Igual podríamos hacer la ruta al revés y tratar de conseguir un coche a dedo hasta Skógar. Lo tratamos durante media hora y en esa media hora una gran nube se empezó a posar por encima de la ruta que habíamos planeado, en ese momento un coche se paró ante nuestro dedo. Un carpintero islandés que estaba arreglando la casa de su hijo. Nos dijo que había vivido en todos los países angloparlantes pero que siempre volvía a su querida isla. Asentimos ante la magia de este pedazo de lava en el Atlántico y le transimitiomos nuestro creciente amor por ella. Le comentamos nuestras dudas acerca de nuestro destino y nos dijo que el único lugar dónde se veía brillar la hierba era hacia el Sur, hacia Vestmannaeyjar. Nos miramos entre los dos, asentimos y el carpintero viró hacia la costa, hacia el Sur.

sábado, 18 de junio de 2011

Subsitencia por encima de la existencia (III)

Tras las gafas de sol tapaba las tímidas lágrimas que secundaban mi sonrisa. Ascendiendo con el coche por aquellas montañas llegamos, sustituyendo el asfixiante pedaleo por el cómodo juego de pedal, a las desérticas planicies que colman los fiordos del Oeste: con la roca quebrada por el hielo y los cúmulos de agua formando lagos que vendrán a morir en impresionantes saltos de agua hacia el fondo de los fiordos. Y entre aquellas precipitaciones de agua se encontraba la magnífica cascada de Dynjandi, una de las más grandes y bellas de aquella zona. Fue allí dónde comí la última lata de atún que encontré en mi mochila, con la bicicleta tirada en el suelo y mi espalda apoyada en las alforjas. La larga cabellera de agua que acariciaba las rocas más antiguas de Islandia sería también el testigo de el último giro de mi rueda trasera, cuando los radios decidieron combar la rueda en un despreciado óvalo.

Con la vibración del coche y el cansancio de todo lo recorrido me vine a dormir con la cabeza apoyada contra la ventana para despertarme en lo alto del paso de montaña más alto de Islandia, entre Arnarfjördur y Dýrafjördur. Más allá de aquél paso de montaña se encontraba la pequeña localidad de Thingeyri, en la que vendría a parar con mi maltrecha bicicleta a golpe de creencia y con el tesón de la convicción.

Cuando bajamos de las colinas hacia la pequeña localidad de los fiordos del Oeste, miré hacia aquellas montañas que rodeaban Dýrafjordur y volví a reencontrar mi hogar en aquella isla perdida en medio del Atlántico. Las montañas, aún salpicadas por la nieve, se reflejaban en medio del fiordo y eran el claro testigo de la diferencia entre el Norte y el Sur de Islandia: mientras en Reykjavík el verano ya había llegado haciendo explotar las hojas de árboles y flores, en Westfjörds el invierno no se había despedido aún. Las cimas de los fiordos me abrazaban como ya lo habían hecho durante aquellas tres semanas de Agosto de 2010, aquél era un sitio realmente especial: dónde todo terminó y todo volvió a comenzar.

Las carreteras en Westfjords suelen adaptarse y se dejan mimar por el terreno. Allí uno siente que no traiciona al paisaje, la carretera dibuja y perfila la línea de la costa: ora hacia el océano, ora hacia la horquilla del fiordo. Y dibujando hacia dentro y hacia afuera, llegamos a aquél rincón de Dýrafjordur en el que pasé buena parte del verano tratando de comenzar todo: mi meta pero no el destino de mi cabalgada con bicicleta por el Oeste esta isla.

En la puerta de Núpur me esperaba Siggi, uno de esos empresarios islandeses que día a día han construido su pequeño negocio y siguen con una sonrisa en la tez a pesar de la dureza de aquellas tierras. Me estrechó la mano cambiando su sempiterno cigarrillo de lado y me saludó con un entusiasmado: "Here he comes again, the bike-man!" Puesto que así era conocido por aquellas tierras al ser el único estudiante de aquél curso de islandés que llegó con una maltrecha bicicleta en vez de hacer uso del autobús que el curso ponía a nuestra disposición.

Le pregunté por la oferta de trabajo en las cercanías y me dijo que ahora era bastante tarde pero que podía probar en la cafetería regentada por la pareja de belgas en Thingeyri o podía llamar a su tocayo Siggi, que vivía en Flateyri y era un buen conocedor de la situación económica de la zona al ser él mismo uno de los mayores emprendedores de la zona.

Fuimos a dormir al gimnasio: un enorme edificio que servía a modo de hospedaje gratuito para los conocidos de Siggi. Allí se encontraba la zona de deporte de la que había sido la única escuela de Dýrafjordur, dónde se había formado gente del calibre de Jón Gnarr, el actual alcalde de Reykjavík. Y es que estos vientos árticos y los inviernos en los fiordos del Oeste, suelen estimular la esquizofrenia.
En aquél caótico y tétrico edificio se encontraba una piscina vacía, duchas, lavabos, una pista de baloncesto y centenares de habitaciones por las que, con la compañía del viento, tu imaginación se dejaba llevar de la mano de seres salidos del fondo de tus miedos. Buscamos una habitación de las menos tétricas y nos acomodamos allí. La soleada noche nos despedía y en mi mente tenía una clara idea: debía encontrar un trabajo en medio de toda aquella magia, debía encontrar la forma de pasar allí la el mayor tiempo posible, a sabiendas de que el perfil de aquél paisaje sacaba lo mejor y lo peor de mí. Al fin todo era cuestión de eso, de sacar algo.

jueves, 9 de junio de 2011

Subsitencia por encima de la existencia (II)

Con la rueda reparada y el teléfono del jefe de la planta de pescado en mi bolsillo, emprendimos el viaje de nuevo. Conducía aquél coche y no podía parar de pensar en mi cabalgada a lomos del equino metálico que kilómetros por delante pasaría de ser la montura portante a montura portada. Me acercaba, fiordo a fiordo, a aquél punto en el que los radios de mi rueda empezaron a estallar uno tras otro, debido a los 30kg de equipaje en la rueda trasera cuando sólo eran permitidos unos 20kg. Algún radio había estallado ya en Selárdalur, pero lo había compensado tensionando y destensionando los contiguos.

Al volante de aquél cajón metálico desde el que se imaginaba uno el paisaje, me acordé de la sensación que tuve al levantarme aquella mañana de Agosto en Bíldudalur. Un Domingo en el que todo estaba cerrado y sólo me quedaba un paquete de puré de patatas y una lata de atún. Por delante tenía unos 120km de carretera de montaña, entre fiordos, subidas con porcentajes asfixiantes y bajadas tenebrosas hacia el fondo de los valles. Miré el mapa. Observé la distancia entre Bildudalur y Þingeyri, el siguiente asentamiento humano. El único con abastecimiento alimenticio en todo el desolado recorrido entre las dos ciudades. En invierno, el paso está cerrado y las penínsulas del Sur son abastecidas desde Patreksfjordur, la ciudad más importante del sur de Westfjords; mientras que las penínsulas del Norte son abastecidas desde Ísafjordur. Así que ese paso que tenía que recorrer era tierra de nadie en invierno y, por eso mismo, la población se limitaba a una serie de granjas salpicadas por aquí y por allá, muchas de ellas derruidas y abandonadas.

No me la podía jugar. No me quedaba comida. La idea de dormir a mitad de camino era impensable. Pedalear con 30kg subiendo colinas y pasos de montaña exige aportación calórica. Dormir sin haber comido, despertarse con el estómago vacío y seguir pedaleando inducía claramente a esa sensación de mareo y confusión que debía evitar a toda costa para mantener la cabeza fría y tomar las decisiones correctas. No había otra. Me dije a mi mismo antes de salir de la tienda: "hoy llego a Þingeyri, sea como sea". Jamás había creído tanto en una sencilla frase. Me lo creía para hallar esa pasión sin la que lo imposible se ve incapaz de destruir su propia definición. Me lo creí antes de abrir la cremallera de la tienda para pisar la hierba con fuerza y decisión, lanzando una mirada al cielo que habría de prensenciar aquél espectáculo.

Los fiordos y sus azules aguas oceánicas fueron pasando y siendo dejados atrás. Estábamos atrapados en aquella estructura metálica que te impedía disfrutar del paisaje, que te impedía hacerte uno con él. Una unión que me fue posibilitada en mi pedaleo veraniego.

Y llegamos al puente, aquella estructura de cemento anterior a las cerradas curvas que escalaban aquellas montañas que se perfilaban como los molares de un lobo desde la lejanía. Aquél puente que cruzaba aquél río, dónde había una roca que servía a forma de mesa. Ante aquél envite recordé cómo paré la bicicleta y, con el estómago aún vacío, me puse a cocinar el último paquete de puré, aderezado con todas las hierbas comestibles que encontré por la cercanía. Desde el coche veía la mesa en la que aposenté mi bicicleta y conté los radios rotos: cuatro. No dije nada, quería aquél recuerdo sólo para mí. La garganta empezó a sentir el impulso que avecina el sollozo. Intenté rememorar mis sentimientos ante la mala noticia que recibí aquella mañana de verano: cuatro radios rotos en tan sólo cuarenta kilómetros. Recordé cómo en aquél momento las cuencas de los ojos se tornaron más acuosas de lo habitual, y me llevé las manos a la cabeza tratando de acariciar mi sien, tratando de consolarme en la soledad de aquél páramo. Solo. Ni un coche me había cruzado en toda la mañana. Comí el puré mientras sollozaba en silencio. Tenía miedo. Era débil. Todo aquél viaje se resumía en ese momento, sabía que ese instante debía llegar. Me había estado esperando. Todo mi esfuerzo se resumía en la acción que había de emprender: llamar y pedir ayuda, rechazando el envite del miedo, o abrazarse al temor y seguir pedaleando. Todo aquél viaje lo había preparado para superar el miedo, surgido de las calavéricas paredes del hospital, a valerme por mis propias manos. Había llegado la hora de dar un sentido a todas las pedaladas que me habían llevado hasta allí.




















Llegando a las carreteras que se encaramaban a lo alto de los fiordos, dónde ocurrió todo. Foto tomada en verano de 2010, Arnarfjordur.


Paré el coche. Aquello no era una simple mesa, era el sitio dónde
se había librado la batalla que me abrió los caminos de una nueva conciencia, de una nueva vida. Un lugar común convertido en monumento, un hito histórico que servía de testigo de mis pasos por este mundo.

"Por qué paras el coche?"
"Es un lugar histórico"
"Por qué?"
"Aquí fue dónde el antiguo y el nuevo Víctor se despidieron para siempre en un tembloroso abrazo"

No hacían falta más palabras, volví a encender el motor y continuamos el viaje. Encaramé el morro del coche hacia las cuestas dónde hube de dar vueltas y más vueltas a mis piernas, dónde escuché cómo los radios rebentaban uno tras otro. Dónde lloré cómo un crío recordando a mi abuelo y a mi madre, pidiéndoles ayuda y consejo desde la lejanía, desde ninguna parte. Dónde tuve miedo de quedarme sin rueda en medio de la nada a 40km del último pueblo y a 80km del siguiente. Dónde me dí cuenta de que una llamada a la policía significaba el continuar aterrado y encerrado en mis miedos; mientras que un pedaleo, aún a grito, lágrima, temblor y sollozo, me hacían dueño de mí mismo, abrazándome al miedo y superándolo.

En aquéllas cuestas, dónde mi vida cambió a través de la superación mediada por el sufrimiento: cuando yo lo quise, como yo lo quise. Dónde tomé las riendas de mi destino y me hice con él. Más tarde, en mi escritorio de Reykjavík leería en un oscuro invierno las palabras del alemán con bigote tupido y recordaría aquéllas pedaladas asustadas pero decididas: "Soy así porque yo lo quise, mi vida es así porque así la quise"

domingo, 5 de junio de 2011

Subsitencia por encima de la existencia (I)

Hay una clara diferencia entre lo vivido y lo explicado. Se suele condenar al que exagera en lo explicado, cuando no hay otra forma de explicarse. ¿Cómo hacer llegar al otro lo que uno sintió en el fondo de su estómago en aquél preciso instante en el que sintió que toda su vida iba a virar hacia otros mares y hacia otras corrientes? Cuando algo se explica, el oyente debe ejercer un gran esfuerzo empático para tratar de ponerse en nuestro lugar. Y es imposible. ¿Cómo hacer llegar a alguien todos los sentimientos que uno ha tenido al pedalear entre las montañas boreales? ¿Cómo hacer llegar el dolor de, no ya sentirse perdido, sino no sentirse? ¿Cómo hacer llegar el miedo y su superación? Esa espera ante la sala de operaciones dónde se siente esa desazón que recorre los recovecos de la nariz cuando el humor salado se aventura y precipita más allá del párpado, hacia las curvadas comisuras que le indican un camino de vuelta en los horizontes meridionales de la tez. Jamás el oyente sentirá en su piel la vívida pureza de lo que el hablante explica. Afinidad. Sólo puede llegar a comprendernos levemente el carga con experiencias afines a las nuestras. Jamás nos podrá entender. El entendimiento, mal que nos pese, empieza y acaba en nosotros; y a veces, ni empieza.

Y, sin embargo, tratamos de explicar lo vivido a los que no son afines a nuestra experiencia. Una de las claves de este intento de explicarse es la catarsis que se produce al revivir lo vivido a través de lo explicado: poniéndolo en un contexto, ordenándolo y dándole un sentido. Algo que la escritura y la literatura logran con mucha más precisión que la palabra viva. La escritura nace del momento vital de la creación y ordenación de lo vivido tamizado a través de nuestras manos al escribir, para venir a fenecer en el papel. Una muerte especial, en la que el muerto puede volver a la vida para revisarse, transformarse, trabajar sobre su estructura y volver a morir. Una revisión sobre lo escrito que se erige como cuasi imposible en la revisión de lo dicho en el diálogo vivo, a no ser que uno tenga un escriba o una grabadora.

Ese es, precisamente, una de las principales razones por la que escribo: un catarsis dirigida hacia mí mismo, tratar de aliviar el aturdimiento del desorden. Poner en orden el caótico diálogo conmigo mismo y, de paso, servir de cuña para aquellos que quieran acercarse a un entendimiento más prístino - aunque nunca dejará de ser turbio - sobre mí.

* * *

Dejaba atrás Reykjavík. Sólo por unos días. Me dirigía hacia el Norte, hacia aquellos fiordos del Oeste dónde comenzó todo, allí me enfrenté por vez primera con todos mis miedos, con el paisaje más antiguo de Islandia cómo testigo. Era allí dónde sentí la fuerza de este paisaje: los más altos picachos a escasos metros del mar. El océano luchando por reclamar su tierra a las montañas y éstas tratando de escapar del abrazo de las olas tocando con sus dedos el cielo. Aquél paisaje, a través de su sempiterna lucha, me había devuelto las fuerzas para vivir. Descubrí que la gente de aquellos lares tenía una inhóspita hospitalidad: sabedores de la dureza de aquellas tierras y la inminente soledad del invierno, no dudaban en hablar contigo y ayudarte en todo lo posible para continuar con tu lucha.

Recorrí todas las carreteras por las que había jadeado. Sonreí y aquella desazón que pronostica la lágrima se apoderó de mi nariz. Fui muy valiente, ahora lo podía decir a viva voz. Reconocía cada codo de la carretera y cada poste en el que posé mi bicicleta y me tumbé en el asfalto para calmar mis pulmones. Traté de explicar algo, pero preferí dejar los momentos de entendimiento para otro día. Aquella experiencia necesitaba tiempo para ser mejor explicada.

En ese viaje a los fiordos del Oeste me dí cuenta de mi error: había escogido mi lugar de trabajo en el sitio equivocado. De hecho, había estado trabajando de guía de montaña pero preferí dejar ese sueño para vivir y trabajar junto a los iris azulados con los que me despierto cada mañana. El único lugar para realizar ese proyecto conjunto era en una granja o en algún restaurante. Me ofrecieron la oportunidad de trabajar en una granja en el Sur de Islandia, con comida y habitación doble. La acepté. En aquél momento no me acordé del impacto de los fiordos del Oeste. Fue cuando respiré el aroma de aquellos fiordos cuando me dí cuenta de que yo no quería trabajar en el Sur.
Hay una clara diferencia entre el Norte y el Sur de Islandia: mientras en el Sur puebla lo turístico y lo confortable, en el Norte suele poblar la realidad ártica, la dureza y la soledad.

Ya era demasiado tarde para buscar un trabajo en una granja: todo estaba ocupado. Me pasé el viaje preguntando a la gente dónde encontrar alguna oferta de trabajo. En los fiordos del Oeste todo el mundo se conoce y no es difícil encontrar algo si se busca en el momento adecuado. Yo llegaba tarde.

Camino de vuelta de Selárdalur, un valle abandonado dónde sentí aquella lucha entre ola y peñasco, la rueda se desinfló. Hubimos de cambiarla y, ya en Bíldudalur, busqué un mecánico para repararla. Bíldudalur es un pequeño pero acogedor pueblo que ni siquiera muchos islandeses conocen, está justo en medio de los fiordos del Oeste. En medio de nada y en medio de todo. Traté de encontrar un mecánico y, cómo no, el hombre estaba de vacaciones en Reykjavík. Típico de estas tierras. Aquí la gente ha aprendido a aprender para sobrevivir, así que todo el mundo sabe hacer un poco de todo. Me metí en una fábrica de pescado y busqué ayuda allí. Encontré a los dos jefes de la fábrica jugando al billar, les expliqué el problema y me dijeron que les trajera la rueda allí. La repararon y, mientras lo hacían, les pregunté por trabajo, en efecto había trabajo: montar balas de hilos con anzuelos a 2500isk por bala, se debían alcanzar mínimo de tres balas por día, pero me dijeron que lo normal era hacer siete balas en siete horas. Un trabajo duro y repetitivo, pero en los fiordos del Oeste, en el paraíso.

Mi trabajo en el Sur comenzaba en 3 días y sentía la plena necesidad de buscar un trabajo lo más lejos del Sur posible. Tenía la posibilidad de trabajar en aquella fábrica de pescado, pero cuando miraba a aquéllos iris azules, me daba cuenta de que había ciertas divergencias acerca de nuestras preferencias de trabajo. Estaba claro que el Noroeste era mucho mejor, para mí incluso las condiciones de aquél trabajo eran buenas, pero no para la otra mitad del proyecto.

Así que seguí el viaje hacia el Norte, tratando de buscar desesperadamente un hueco, una excepción que me llevase a residir por mis propias manos en el Noroeste del Norte.

viernes, 20 de mayo de 2011

Carta de ánimo de los residentes españoles en Islandia

Desde Islandia también nos hemos movilizado para apoyar a esas protestas que han surgido en España. "Democracia Real Ya - Islandia" (esta es nuestra página en Facebook: http://www.facebook.com/pages/Democracia-real-YA-Islandia/146041072134563) ha enviado esta carta a las distintas acampadas y plazas de España.


Carta de ánimo de los residentes españoles en Islandia.


Compañeros y compañeras de todas las acampadas y plazas de España,


os escribimos desde el Norte, a un paso del círculo polar ártico, Islandia: los últimos retazos del mundo conocido, la Última Thule.

La leyenda suele contar que el griego Piteas fue el primero en avistar esta tierra desde su navío. Dicen que viajó más allá de las columnas de Hércules con su pequeño barco. Una amalgama de madera, tela, cuerda, carne y hueso no llega tan lejos sin orden, participación ni comunidad; sin pertenencia al todo que forman las velas, el casco, el timón, el capitán y la tripulación.


Era ese mismo barco griego el que más tarde se quiso extender por todo Occidente y, como una gota de perfume en el ancho mar, se perdió entre las mareas. Hoy queremos buscar esa gota de perfume en el fondo oceánico, sacar a la luz aquella idea de democracia y ponerla en sintonía con nuestro contexto.

Somos conscientes de que una democracia sana necesita de algo que la mayoría de los países modernos no puede lograr: una extensión territorial reducida en la que unos ciudadanos puedan conocerse unos a otros. Pues es el veto de la vergüenza el mejor resorte para provocar en el individuo el sentimiento de la responsabilidad. En una comunidad reducida, conociéndose todos entre todos, la deliberación previa a la toma de decisiones se toma con cuidado, a sabiendas de que dichas decisiones pueden perjudicar a aquél quien fuera tu compañero de escuela, a tu vecino, a tu familia o al amigo de tu amigo.

El dolor provocado por una mala decisión se recuerda mucho más en el estómago que el buen hacer salido de una buena decisión. Evidentemente, la corrupción está al orden del día pero sabiendo que en tus manos recae, como ciudadano que participa en el proceso de deliberación, el destino de tu ciudad, hay que pensárselo dos veces antes de traicionar a todo aquello que te otorga significado. Y es en ese punto, para bien o para mal, dónde nos hemos perdido: en la Antigua Grecia, el individuo no se entendía sin el Estado. Era el todo el que otorgaba sentido a la parte, era la parte la que participaba en y del todo. Era la ciudad la que otorgaba sentido al ciudadano, era el ciudadano el que participaba en y de la ciudad.


¿Somos ciudadanos de nuestros Estados? ¿Tomamos parte en el proceso de deliberación que forja los moldes de nuestro destino? ¿Sirve una papeleta cada cuatro años en una urna para realizarnos como ciudadanos?


La participación en la deliberación política necesita de tiempo, probablemente por eso mismo en Atenas el ciudadano que participaba era el que tenía tiempo para ello; es decir, el que no era esclavo. Hoy las cosas han cambiado pero sigue vigente en la idea de que una buena democracia no debe alejarse de reconocer al ciudadano como elemento propio de la deliberación en la toma de decisiones del Estado, de hecho se basa en eso mismo. Aunque, ¿cómo hacer que toda la masa ingente de población delibere? No es muy difícil caer en una oclocracia si todo habitante se pone a deliberar sin ton ni son. Hay que encontrar formas de conexión entre pueblo y políticos, más allá de una mera representación. Y si hay que encontrar dichas formas de convergencia, de conexión, si hoy estáis acampados en la mayoría de plazas de España, es porque se ha dado una divergencia entre el pueblo y la clase política. Algo que, los que vivimos en el Norte, vemos como una contradicción sangrante en la base de la democracia dónde es el político es ciudadano y el ciudadano es político. Es esa divergencia y esa distancia la que crea la falta de responsabilidad en muchos miembros de la clase política, viendo ellos mismos una distancia clara entre su estómago y el pueblo al que representan. Y es que, cómo dijo Aristóteles:


Así pues, es evidente que la ciudad (el Estado) es por naturaleza y es anterior al individuo; porque si cada uno por separado no se basta a sí mismo, se encontrará de manera semejante a las demás partes en relación con el todo. Y el que no puede vivir en comunidad, o no necesita nada por su propia suficiencia, no es miembro de la ciudad (el Estado), sino una bestia o un dios

Aristóteles, Política, Libro I, 1252b


La mayor parte de nuestra clase política se ha auto-proclamado, enarbolando la legitimación de nuestro voto, como un micro-Estado dentro del propio Estado. No es que sean bestias -que muchos ciudadanos así lo creen- ni que sean dioses -que muchos de ellos así lo piensan- sino que han creado su propia comunidad dentro de nuestro Estado, pues son humanos y como tales necesitan vivir en comunidad. Una bonita palabra que recoge el término griego koinonía y que viene a significar un grupo común de personas unido por la asociación, intencionalidad, colaboración y común acuerdo.


No hace falta pensar mucho para ver que la comunidad política y la comunidad ciudadana divergen mucho en intenciones, colaboraciones y acuerdos.


¿Y quién es responsable de esta situación? El pueblo español. Nosotros. Con todas nuestras divergencias y con todas nuestras diferencias tenemos una intención y un acuerdo común: vivir en un país más justo. Con nuestra pasividad y nuestro silencio hemos permitido que nuestro sistema político vuelva a aquél perjudicial bipartidismo de la Restauración.


Los residentes españoles en Islandia vemos como la democracia representativa ha creado una herida casi irreconciliable entre la clase política y el pueblo al que representa. El pueblo, ahora mejor formado y más informado que nunca, quiere tomar parte del proceso de deliberación que guía los pasos de nuestra comunidad. ¿Cómo haremos de nuestra democracia una democracia más deliberativa? Es difícil decirlo, pero debemos trabajar por ello. Hay una cosa clara: ni todo el mundo quiere participar, ni todo el mundo debe participar. Estamos navegando en un barco que queremos reparar sin sacarlo del agua y eso siempre es algo difícil. Hay que estar preparados, estar formados y mantener la curiosidad para fomentar un continuo aprendizaje. Es en una sociedad formada, informada y crítica dónde la deliberación parece conducir a una mejor toma de decisiones y a una mejor ejecución de las acciones. Es esa responsabilidad de sabernos ciudadanos y responsables del rumbo de nuestro país la que debe fomentar un impulso para aprender y formarnos aún más para poder entender, emprender y construir las bases de una nueva democracia; una gobierno del pueblo alejado de la oclocracia y cercano a un gobierno del pueblo crítico, formado y leído. Somos el futuro de nuestro país y debemos luchar por ello: con el ejemplo de la experiencia de nuestros padres y abuelos, con la fuerza de un joven y con la curiosidad proteica de un chiquillo.


Desde el Norte os mandamos ánimos y esperamos que este movimiento se concrete en una demanda por un cambio de la democracia en nuestro país. Sabemos que la Junta Electoral, a pesar del artículo 21 de la Constitución Española, ha vetado la acampada, resistid y alzad vuestra voz de forma pacífica. Esperamos con el corazón en un puño que este movimiento de renovación democrática vaya mucho más allá de las elecciones de este Domingo.


Mucha fuerza.


¡Salud y democracia!


Residentes en Islandia:

  1. Victor Francisco Pajuelo Madrigal,
  2. Mario Ruiz Sánchez ,
  3. Paula de Lucas Gudiel,
  4. Cristina Bajo Santos,
  5. Carlos Fernández Asensio,
  6. Luis Ignacio Huete Coca,
  7. Ricardo Moure Ortega
  8. María Dolores Moya Ortega
  9. Alberto González Fernández
  10. Jesús Rodríguez Comes
  11. Yurena López Hernández
  12. Olga Vázquez López
  13. Mónica Otero Vidal
  14. Elena Jiménez Gutiérrez
  15. Ana Maria Gutiérrez Muñoz
  16. Pablo Alcón Hernández
  17. Cristina Hernández Rollán
  18. (Faltan más para firmar)

domingo, 1 de mayo de 2011

Volviendo a casa

Cuando de verdad se quiere, se puede. Sea lo que sea. Abrazado a la autocrítica, no creo en aquello de que uno ande de la mano de la ingenuidad cuando camina por el reino de la creencia y la confianza:

Suppose, for instance, that you are climbing a mountain, and have worked yourself into a position from which the only escape is by a terrible leap. Have faith that you can successfully make it, and your feet are nerved to its accomplishment. But mistrust yourself, and think of all the sweet things you have heard the scientists say of maybes, and you will hesitate so long that, at last, all unstrung and trembling, and launching yourself in a moment of despair, you roll in the abyss. In such a case (and it belongs to an enormous class), the part of wisdom as well as of courage is to believe what is in the line of your needs, for only by such belief is the need fulfilled. Refuse to belive, and you shall indeed be right, for you sharll irretrievably perish. But believe, and again you shall be right, for you shall save yourself. You make one or the other of two possible universes true by your trust or mistrust - both universes having been only maybes, in this particular, before you contributed your act.

"William James, Is life worth living?"

¿Que universo quiero para mí?

Ya es Mayo. Todo Reykjavík está nevado. Estamos en el verano oficial del calendario meteorológico islandés. Los norteños se quejan y piden no ya primavera sino verano a la plomiza bóveda islandesa. Los sureños nos alegramos con la llegada del veraniego invierno. Yo, por mi parte, deseo que el invierno no cese. Recuerdo con una sonrisa en mis labios aquél lejano Noviembre en el que el Sol me saludaba a las 11 de la mañana y se despedía de mí a las 15 de la tarde. Más allá de cohibirme, me infundía una vitalidad inusitada para el invierno boreal. Me ponía límites y aquellos límites me hacían más libre. En aquellas horas de invierno recordaba la olvidada libertad de los estoicos, casada con la creatividad pero nacida de la limitación. Las tímidas horas de Sol me empujaban a salir al bosque a correr: siempre entre las 12 y las 14. Aprovechando la claridad para establecer un diálogo con la naturaleza a través de la alternancia incansable de mis piernas. Cada día. Cuando el Sol se despedía en el anormal Sur-Oeste llegaba el momento de la concentración: sentado en mi mesa rodeado por la oscuridad de la nocturna tarde e iluminado por un tenue foco que apenas me descubría los entresijos de lo que trataba de hallar. Fueron momentos apacibles de lectura, descubrimiento y escritura, precedidos por carreras entre árboles a menos de una decena de grados bajo cero. Cuando mi mente ya no podía más, gastaba mi noche entre copas de cerveza, barbas germánicas y charlas oscilantes entre el sexo, la metafísica del viaje y los deseos de beberse el mundo entero. Cuando mis piernas no me querían llevar al lado de la chispeante rubia, me dirigía con mi bicicleta a la montaña artificial cubierta por un industrial techo al Este de Reykjavík, donde pasaba el resto de la tarde tratando de adaptar mi cuerpo a las paredes extraplomadas y mis manos a los recovecos que trataban de imitar la roca. Al llegar a casa me colgaba de los lóbulos aquellas canciones que el bueno de Bob me susurraba en aquellas oníricas noches en su apartamento. Los "This will destroy you", "Ef", "Explosions in the Sky" y demás tropa me aislaban de las preguntas insistentes e inútiles, dedicadas a la coexistencia, por parte de mis compañeros de piso. Una vez en la seguridad de mi habitación me entregaba a la lectura de London o al disfrute pasajero de algún documental acerca de grandes exploradores polares. Cuando me alcanzaba el sueño la noche me abrazaba y cuando me despedía de él, la noche seguía allí.

Ahora, la luz del Sol empieza a bañar la bahía humeante hacia las 4h de la mañana y se despide de la capital más allá de las 23h de la noche. Mañana y noche dejan de ser usadas como una realidad para pasar a ser una convención. La luz penetra, inmisericorde, los recovecos de las cortinas, y te despierta puntual antes de las 7h. La cantidad de tiempo bajo la luz es ingente. Una vasta expansión de los límites lumínicos y, por añadidura, de la actividad animal - entre la que me encuentro -. Sin embargo, esa misma expansión de la limitación, esa otorgación de libertad acrecienta mi sentimiento de encarcelamiento. Uno tiene todo el día para salir al bosque a correr, todo el día para leer, todo el día para escribir, todo el día para construir el jardín, todo el día para aprender, todo el día para charlar. Tanto tiempo, tantas cosas por hacer, tanta ampliación del horario para no acabar haciendo nada. Uno necesita, ante tan vasta expansión de lo posible, una elevada capacidad para la organización. Una capacidad de la que, asediada por mi incontrolable curiosidad, mi organismo carece totalmente. Me siento como el caminante ante un vasto horizonte sembrado por suaves colinas. ¿Hacia dónde ir? ¿Que ruta seguir? Sabiendo que la afirmación de un camino niega, por definición, el seguimiento de los demás. Limitado a su par de piernas, el viajero sólo puede caminar un camino a la vez.
Los deseos de no perderme entre un océano de actividad me han forzado a forjar una organización que pretende acercarse a la constancia y rigor lacedemónicos. El cuidado de sí mismo a través del deporte, la lectura, la alimentación, la escritura y la financiación de mi proyecto desde mis propias manos a través de la búsqueda y encuentro de un trabajo.

He creído en mí mismo y he andado el camino que deseaba andar. He encontrado un trabajo que me parecía ya imposible de lograr. He convertido la imposibilidad en posibilidad, gracias a la confianza en mí y mis propias manos. Este Martes tengo una entrevista con Ramón Larramendi, un explorador español. Vamos a hablar sobre la posibilidad de convertirme en guía de Tierras Polares, una compañía de expediciones española. Estaré sentado en frente de un hombre que ha recorrido el círculo polar ártico en solitario, que ha atravesado la Antártida, el Ártico e Islandia en invierno, entre muchas otras cosas. Yo y mi experiencia propia frente a un personaje que ha cumplido en sus carnes más de un sueño que yo tenía de pequeño. Convertirme en guía de tal compañía me permitirá ganar dinero mientras viajo por este país y, si todo marcha bien, podré optar a realizar la travesía del Vatnajökull - el glaciar más grande de Europa - con ellos.
Aún recuerdo la nota que escribí en mi libreta de viaje cuando marchaba hacia el Norte con mi bicicleta: "quiero ser guía de tierras polares". Nueve meses más tarde voy a sentarme enfrente del líder de la misma empresa. Ahora entiendo el valor de creer en uno mismo bajo la advertencia de Séneca: "No hay viento favorable para el que no sabe dónde va"

Por supuesto, tengo otra bala en la recámara. No puedo poner todas mis esperanzas económicas en un sueño que aún está por venir. He conseguido otro trabajo en una granja al Sur de Islandia, al lado de la escuela de escalada más importante del país. Otra opción interesante, puesto que en esa aventura no andaré solo: iré acompañado de los ojos lituanos que desean sincronía con los míos. Sin embargo, el Martes se decidirá hacia dónde me lleva mi confianza: granjero o guía. Con todo, el fin es el mismo, mejorarme a través de la actividad. Sea dónde sea. Sea con quién sea.

Estos días he estado absorto en la reflexión sobre el éxito, la felicidad y la consecución sobre lo que uno realmente quiere ser. Siempre he estado rodeado de gente maravillosa: músicos, arquitectos, ingenieros, médicos y deportistas. La palabra "éxito" aparecía camuflada entre las conversaciones acerca de las aspiraciones laborales de mis amigos. Cuando hablábamos del futuro, ellos siempre tenían una posición laboral "de éxito" a la que aferrarse. Yo no tenía nada. Vacío. Un tiempo que no era nada más que argamasa con la que moldear y construir mi futuro. Yo estaba estudiando Filosofía. ¿Que iba a hacer con ello? Encaré mi futuro bajo la misma concepción de éxito que la de la gran mayoría de mis amigos: una respetada posición laboral. Desde la Filosofía ese fin pasaba por dos medios: dejar la carrera y cursar otros estudios más valorados o enfocar mi carrera hacia aquellas posiciones de respeto que los estudios mismos me proporcionaban: convertirme en profesor. Hoy veo que ninguna de esas dos opciones me respeta a mí mismo como sujeto de mi felicidad. Quien me preocupaba no era yo sino lo que los demás debían decir sobre mí mismo: no era mi sonrisa sino la aprobación de mis coetáneos. Ahora me doy cuenta de que no puedo ser bueno en todo, me debo concentrar en algo si deseo ser exitoso en ello. No quiero lograr el éxito de los demás, guiado por su aprobación, quiero lograr mi propio éxito juzgado -soy consciente de que ando en terreno de contradicciones - desde mí mismo. Lo he pensado docenas de veces cada día desde que ando en terrenos norteños: ¿qué me hace realmente feliz? Inmediatamente pienso en aquél valle en el que me crié en mis momentos veraniegos, aquél valle que se tornó en templo: Bujaruelo, en el corazón de los Pirineos. Es entonces cuando me doy cuenta de que, siguiendo la senda del éxito de mis amigos, traiciono lo que llevo dentro del corazón desde pequeño: el contacto con las montañas y la naturaleza cómo forma inevitable de vida feliz. Leo a London, Shackleton, Humboldt, Bonatti y veo un reluciente éxito en ellos. La relación con la naturaleza, con uno mismo, a través del uso de la palabra. Mediar con lo telúrico y expresarlo a través del hilado de vocablos que se refieran a aquella mediación. Un hilado que precisa de formación literaria, filosófica y científica, y de experiencia a través del peñasco, el valle y el río.

Una apuesta arriesgada el confiar en uno mismo y en lo que realmente desea. Ese "terrible leap" del que James nos habla, ese salto en el que debemos confiar para salvarnos. Volver a casa, a nuestra casa, al hogar de lo que deseamos ser y no de lo que se espera o desea que seamos. Mirarnos al espejo y decirnos: y tú, ¿qué quieres? Hacer de nuestro andar nuestro camino. Siguiendo las mismas sendas trilladas que muchos otros han recorrido pero sabiendo que son particularmente nuestras, que las deseamos desde y para nosotros y no de y para los otros. Mis zapatos se encontraban incómodos en el camino que estaban tomando, dejándose llevar por la falta de criterio y crítica hacia un camino que era considerado el normal. Una normalidad que destrozaba mis pies y mi sonrisa. Ahora, con mi corazón en mi hogar, emprendo un nuevo camino en el cuál el horizonte es un nuevo éxito forjado desde mis propios deseos y mi propia concepción de la felicidad. Con una advertencia empiezo mi ruta: para ver qué me depara no hay que esperar, hace falta caminar.





martes, 12 de abril de 2011

Me quedo aquí

Estudiando para mi examen final de "Filosofía y cine", encerrado en mi habitación me ha dado por buscar en el disco duro del ordenador algunas fotos que me sacaran de casa sin moverme de la silla. Mis dedos me han llevado directos hacia las fotografías que tomé en aquél viaje con bicicleta por el Oeste de Islandia en el ya lejano Julio del pasado año. Un escalofrío me ha recorrido la espalda. Me han vuelto a la cabeza todas las propuestas y los sueños que tuve en aquél viaje. Muy pocos de ellos los he llevado a cabo. Ni tengo más autonomia en las técnicas de montaña, ni me siento cómodo estando solo en la naturaleza, ni escribo mejor, ni soy tan fuerte ni tan ágil cómo desearía, ni he leído todo lo que tenía que leer, ni le he sacado el jugo a esta isla, ni - sobretodo - le he perdido todo el miedo al hospital. La angustia de la pared nívea y de la niebla repentina siguen ahí. Este pedazo de lava en el Atlántico Norte tiene mucho que ofrecerme aún. Estuve viajando el pasado fin de semana por las mismas carreteras que recorrí con el vaivén de mis piernas. ¿Cómo voy a dejar todo esto aquí? Aún no me he acabado de construir con la argamasa boreal. Me queda camino. Me esperan las charlas con los profesores a los que me he acercado, la formación en técnicas de montaña en el grupo de rescate, el intento de acercarse a la música con el ibicenco, las lecturas que me aguardan en la mesa, los relatos que me quedan por escribir con los pies cansados y trillados por rutas recorridas en soledad. Demasiado por vivir. Aún no puedo volver.



















Mi montura (y sus 28kg de equipaje) esperando para atacar una de las subidas con bici más duras de mi vida. Allí arriba me esperaban locura, niebla, viento y monólogo conmigo mismo.